Para Hacernos lectores

Por, Anahí Baylon

Para hacernos lectores tenemos que empezar por abrir los ojos, las manos, las orejas y las aletas de la nariz, porque no es solo un asunto de plantarnos delante de un texto y descifrarlo siguiendo las pautas que aprendimos en la escuela. Para hacernos lectores tenemos que empezar por querer apropiarnos del mundo: sus paisajes, sus olores, sus colores, sus gentes, sus aires, sus animales, sus plantas, sus quehaceres y hacerlo desde nuestro propio ser. Paulo Freire decía que la primera lectura es la lectura del mundo y se puede aprender mucho antes de aprender las primeras letras. Más aún, si no nos interesa el mundo que nos rodea, si no nos asombra su cotidianeidad, su magia, sus misterios ni sus miserias, nunca seremos lectores aunque caminemos cargados con el peso de muchos grados y posgrados.
Porque ser lector no significa estar en la capacidad de engarzar letra tras letra hasta terminar el texto. Cuando somos lectores vamos avanzando por las páginas apreciando los contenidos, creando imágenes mentales, saboreando las palabras, pero también adivinando o deduciendo lo que hay detrás, porque con frecuencia al autor se le salen los demonios del alma sin haber querido mostrarlos, y ahí estamos los lectores para cazarlos en el aire. Muchos escritores, en diálogo con sus lectores, descubren en sus textos dimensiones inesperadas.
Hay además otros demonios que se escapan de sus dueños y tenemos que estar listos para atraparlos, pero no residen en un texto escrito sino en mensajes orales. Cuando escuchamos a alguien que quiere convencernos de lo que dice, que quiere que le creamos y lo sigamos sin dudas ni murmuraciones, es cuando tenemos que sacar a relucir nuestras habilidades de lector bajo pena de engullirnos cualquier mensaje por desatinado que sea. No necesitamos participar en una prueba Pisa para demostrar nuestras habilidades de lector: basta con que cada cuatro o cinco años participemos en un proceso electoral, más como votantes que como candidatos, para verificar cuánto hemos progresado en nuestra capacidad de leer textos escritos y orales y cuánto hemos progresado en la aplicación de lo aprendido.
Como a leer se aprende leyendo y no hay otro modo, resulta indispensable la práctica cotidiana. Sea que leamos periódicos o revistas, obras literarias, estudios históricos, filosóficos o sociales, ejercicios de matemática, un cuadro estadístico o el horario de los aviones, siempre podemos quedarnos en la superficie o bucear más adentro. Con el tiempo estaremos en condiciones de diferenciar entre una información y una opinión, entre una denuncia y un chisme, entre una discrepancia o una vulgar grosería, entre un error de apreciación y una mentira alevosa. Por eso nos hacemos lectores, para ser ciudadanos.

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