El Precio justo…

Por, Aliana Gonzalez, periodista Venezolana

 

People line up outside a state-run Bicentenario supermarket in Caracas January 9, 2015. Lines swelled at Venezuelan supermarkets on Friday with shoppers queuing up by the hundreds to seek products ranging from chicken to laundry detergent, as a holiday slowdown in deliveries sharpened the OPEC nation's nagging product shortages. Queues snaked around the block at grocery stores and pharmacies around the country, with consumers in some cases gathering before dawn under the gaze of national guard troops posted to maintain order. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA - Tags: POLITICS BUSINESS)

Hoy hice cola con la esperanza de papel de baño, aceite y café, en mi orden de prioridades…El sol, inclemente e hiriente, hacía aún más agotadora la espera. El guardia pasó, y militarmente, recogió todas nuestras cédulas en un gran fajo que parecían billetes. Mi lugar en la cola quedó en ese fajo en su mano. Ya no podía decidir si irme o seguir, pues mi cédula se fue con él. Calculé el tamaño de la espera y decidí ir a mi trabajo. Delante de mi conté, al menos, a sesenta personas. Cada veinte minutos, pasaban a diez o quince. Contaba con una hora útil, al menos. Regresé en ese lapso, pero estaban casi en el mismo punto. Volví a marcharme, regresé a la media hora, y una pequeña revuelta había encendido las alarmas. Un policía salió a amenazarnos, como a niños de escuela. Decidí quedarme, participé en un pequeño comité de protesta, reclamé airadamente al guardia, que bajó la cara con vergüenza y casi se disculpó. Esta vez la cola sí avanzaba, pero aún me faltaba por llegar. Opté por comprar algo comestible en la panadería y engañar al estómago, pues ya no tendría tiempo de ir a almorzar. Un hombre se puso delate de mi, y enfático, decía que llevaba allí toda su vida, pero que no se llevaron su cédula. Yo argumenté al guardia que no era cierto. Los que estábamos allí ya éramos una comunidad de amigos. A ese hombre no lo conocíamos. Él me silbó con rabia: No te metas conmigo, si no te callas vas a ver. La voz cortante, su mirada de hielo. Pensé que un tiro era una posibilidad. Mi vecino me dijo quedamente: avísale al guardia que te están amenazando, pero preferí no hacerlo. Mi vida es más que un litro de aceite, o dos kilos de café, más que orgullo pisoteado. Lo dejé estar, pero le dije que no iría delante de mi. No llegué al papel de baño, y en mis brazos, lanzaron cuatro botellitas pequeñas de aceite, ocho paqueticos de café de 250 gramos. Nos miramos, los que nos habíamos hermanado en la cola, los que habíamos hablado del país, los que habíamos rumiado juntos nuestra rabia. Y nos preguntamos si ese era el precio justo, el que pagamos…ve

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